Crítica

La vigésima entrega de la serie Bond mantiene el espíritu de la saga, con algunas sorpresas agradables, y otras que, por buscar el "más difícil todavía" se podrían haber ahorrado.

Así, vemos a Pierce Brosnan en una inédita secuencia de disparo a cámara en la que una bala se dirigirá directamente al espectador. Si bien los disparos de entregas anteriores ya eran correctos, esta pequeña modificación le añade un impactante efecto tridimensional parecido a la bala que marca el inicio y final de los títulos en Goldeneye.

La secuencia inicial reparte las primeras dosis de adrenalina con buenas explosiones y una persecución entre overcrafts que, curiosamente, termina sin éxito y con Bond capturado.

Los títulos, aderezados con la voz de Madonna, vuelven a sorprender en cuanto a las imágenes de fondo que, a parte de las conocidas siluetas femeninas, muestran el tormento que 007 sufre en su cautiverio. Esto, junto a flashbacks posteriores, será otra novedad aceptable que permite hacerse una idea del sufrimiento, lástima que las siluetas aparezcan en menor medida y sean a menudo cuerpos incandescentes (con la poca sensualidad que de ello se deriva).

Bond, inicialmente bajo sospecha de sus superiores, pronto se ganará su confianza y podrá continuar la búsqueda del traidor que le delató en corea. Comentar que en su huida del centro de observación del MI6, 007 nos descubre una nueva habilidad: reducir considerablemente los latidos de su corazón a voluntad, algo más propio de los X-Men que de un agente secreto de carne y hueso.

En la búsqueda mencionada se encontrará con dos excelentes chicas Bond, de las que destaca Jinx, en un papel parecido al de Wai Lin en El mañana nunca muere. Así mismo, veremos espectaculeres paraderos - el Palacio de Hielo es excepcional incluso en su proceso de destrucción - y no menos increibles gadgets.

Tal y como se comentaba inicialmente, y con la voluntad de lograr el "más dificil todavía", hay dos aspectos que pueden incomodar especialmente al espectador que desea que, almenos, exista una pequeña posibilidad de credibilidad en lo que ve. Primero, el coche de Bond, capaz de volverse totalmente invisible al ojo humano aunque uno se encuentre a dos metros de él gracias a minicámaras instaladas en todo su contorno que reflejan la imagen. Igualmente, una imposible huída en tabla de surf, entre olas y bloques de hielo, con los brazos cogidos a un paracaídas, obligaron al equipo de producción a incluir efectos de ordenador parecidos a los que se ven en Spiderman, aunque ejecutados con peores resultados.

Por otro lado, la película está repleta de entrañables guiños a anteriores entregas, e incluso la aparición en Cuba del libro Birds of the West Indies, de donde Ian Fleming sacó el nombre de James Bond. Al igual que en sus últimas apariciones, el equipo del MI6 mantiene su calidad, y John Cleese logra sustituir con éxito al malogrado Desmond Llewelyn.

En resumen, un Bond que se mantiene en su línia agitada, no removida, con pequeños baches que habría que cuidar en futuras ocasiones para que ciertos recursos no resulten excesivos - algún nombre femenino recuerda a Austin Powers -, algo que, en todo caso, no evita poder vivir otra espectacular aventura junto al agente definitivo.

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